Leía esta mañana en el tren unas palabras de Scorsese sacadas del maravilloso libro "Moteros tranquilos, toros salvajes". En ellas decía que cuando tocó fondo allá en el ocaso de los años 70 se dio cuenta de que en la vida en el fondo uno está solo, con muy poca gente que se preocupe realmente por ti, porque cada uno tiene que seguir su vida, y que si uno mismo no presenta una clara predisposición a salir adelante, no puede hacerlo. Decía eso, a pesar de reconocer tener grandes amigos como Coppola o Spielberg.
Son palabras honestas... y llenas de razón. En la vida, al fin y al cabo, todos tenemos nuestros propios problemas, rutinas y caminos que irremediablemente nos lleva a la individualidad. Los amigos de toda vida deben abrirse paso cada uno por su lado para salir adelante. Los amigos que uno conoce posteriormente, en tramos intermedios del camino, serán seguramente muy numerosos, pero muy pocos de ellos acabarán conservando una verdadera amistad, siendo al final aquellos conocidos de toda vida los que seguramente conserven esa condición por la coincidencia territorial. Porque uno al fin y al cabo siempre vuelve a su casa de vez en cuando.
En mi caso, he llegado a un punto sumamente crucial en este aspecto. Mis amigos de toda la vida, que se han reducido básicamente a tres, han afianzado su amistad conmigo en los últimos años. Ello se debe a que la distancia, que nos ha separado de diferente forma desde hace años, ha sido un umbral superado, un afianzamiento que hace que cada nuevo encuentro se presente como algo normal, sin percepciones temporales, como si nos lleváramos viendo desde hace meses. Su existencia hace que mi soledad sea menos angustiosa, que mi camino sea más llano, que mis problemas puedan ser solucionados por mi mismo sabiendo que tengo su apoyo.
También me alegra comprobar que hay otras amistadas, que sin ser facilitadas por la mutua procedencia, siguen vivas y alimentadas, a pesar de haber una distancia difícil, que hay cariño que nunca se pierde. Que nunca se olvidan las viejas hazañas.
Ésta fue la reflexión que me invadió esta semana al recibir ciertas agradables llamadas. Mientras llevaba sumido todo el mes bajo una nube de nerviosismo y preocupación procedente de mis temas personales (es decir, de faldas), debatiéndome entre el pesimismo y el optimismo, en concentrarme en qué saldrá bien o qué saldrá mal, después de haber pensado mil y una vez la hipotética escena de un nuevo encuentro tras mes y medio sin noticias de esa mujer y de intentar autoconvencerme de que si sale mal el camino sigue; mientras todo eso ocurría en mi cabeza, mi burgalés preferido llamó para informarse de nuestras últimas novedades, preocupándose tiernamente de mantener ese contacto que hace tan especial a ese simpático, adorable y fiel amigo con el que tan buenos ratos he pasado.
Seguidamente en la semana, mientras tecleaba este mismo ordenador, mi fiel escudero de estos dos últimos años, mi esbelto e inseparable amigo, ahora en retorno espiritual por nuestra común tierra, dejó durante unos minutos su apasionado y shakespiriano amor (quizá victima del sueño tempranero) para llamarme. Demasiadas son las cosas de las que nos podemos poner a hablar éste personaje y yo. Demasiado es el tiempo que nos separa ya. Se echan de menos cosas tan habituales como su presencia.
Y sí, estamos solos. Inevitablemente solos. Pero darse cuenta de que estas personas existen, quitarse de en medio esa nube de preocupación y apoyarse en lo que uno tiene tanto en casa, como fuera, como los que todavía sobreviven aquí, ayuda a seguir firme el sendero. Hoy ella debe de encontrarse ya en Madrid. Posiblemente este fin de semana se produzca ese temido encuentro. Posiblemente sean impredecibles los acontecimientos, como lo es ella en si misma. Pero pase lo que pase, y aunque me pase a mi sólo, con mis propias decisiones, con mis actos de orgullosa independencia, triunfe o fracase, es bueno saber que hay gente a la que todavía le importas, aunque los caminos sean individuales.
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