Hablaba la película de Tony Richardson, "La soledad del corredor de fondo", de la libertad frente a la opresión, de la rebeldía del espíritu humano y de la extraña y poética soledad que acompaña a los corredores en su entrenamiento. Tomo prestado el título, modificándolo, para expresar otra extraña sensación que me invade este mes de Agosto.
La espera también es otro tipo de carrera de fondo. Cuando ésta se produce además por una mujer se añade el tortuoso problema de la incertidumbre. Es una sensación terriblemente molesta, te consume, te pierde y te cansa. Resulta que, habiendo escalado quizá los picos más difíciles de escalar a la hora de establecer una relación, llegó la hora de irnos de vacaciones. Después de enfrentar mis miedos, de lanzarme, de complacerla, de romper barreras con ella que nunca antes había roto... el tiempo y el espacio se interponen entre nosotros durante un mes.
La cuestión y el miedo consisten en la gran capacidad de ella para aparentar una indiferencia feroz. Cabe la teoría de que sea caprichosamente tímida dentro de su simpatía y alegría predominantes en su actitud. La incertidumbre viene porque en una semana ella volverá, después de un mes y medio sin vernos, prácticamente sin haber mantenido contacto entre nosotros, sin saber el uno del otro, sin haber podido mantener la cosa caliente. Tengo miedo de que llegue y no ocurra nada, de que todo vuelva a desaparecer, de que nada parezca haber sucedido, de tener que hacer todo de nuevo.
Me muero de ganas por verla, pero también noto cierto nerviosismo cada vez que pienso en la cercanía de la fecha. Después de todo lo que he pasado, después de lo que me ha costado llegar a donde he llegado, quiero disfrutar ya, dejarme llevar, no pensar en nada y saborear el placer de ganar aunque sea sólo esta vez. Pero la incertidumbre está ahí...
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