Se suele decir que cuando se ignora, cuando se desconoce el por qué de las cosas, uno es más feliz. No tener que hacerse infinitas preguntas sobre lo que nos rodea, sobre lo que nos pasa, sobre nuestro entorno, debe ser un grato sentimiento, una sensación de bienestar impagable y liberadora de cualquier agobio. Envidio a quien es feliz sin más, con lo que le surge, sin la necesidad de aprender o saber.
Esa gran capacidad para poder decir que algo te da igual es a veces una habilidad muy útil. A ḿi, casi nada me da igual. Todo lo quiero saber. Nunca estoy satisfecho. Y eso agota. Porque cuando no sabes por qué las cosas no salen como te gustarían, por qué no tienes éxito en tus intenciones, por qué tus esfuerzos no se ven recompensados, uno no puede parar de hacerse preguntas. Y claro, eso agota.
Por eso, cuando tienes esperanzas en todo vaya bien, en que deberías ser más positivo, mantener una visión optimista, y ves que lo que ocurre no es lo que esperabas, y que todas tus sospechas se ven realizadas no puedes más que romperte la cabeza contra la pared intentando averiguar qué es lo que ignoras, que te hace fracasar. ¿Seré yo?, ¿Será ella?, o quizá ese gilipollas pseudo-amigo que no para de sobarla, y que no te deja hablar con ella. Todo fue mal. Al día siguiente apenas la vi. Como si nada hubiera pasado, como si tuviera que empezar de nuevo desde la salida.
Ya no se que hacer con ella. Pensaba que tenía el hielo roto desde la última vez. Es como si el tiempo congelara todo de nuevo en un instante. Posiblemente yo no haga todo bien, seguramente necesite de un esfuerzo mayor por mi parte a la hora de hablar con ella. Pero no me creo que algo tan sencillo pueda ser todo el problema. ¿O sí?
Con todo ello, evidentemente, estoy agotado. El Sábado quizá pude hablar más con ella, pero ¿Hubiera servido de algo? ¿Será verdad que ella simplemente espera que la esté buscando todo el rato? Algún esporádico testimonio lo afirma, los hechos pasados coinciden... pero esa noche, al final, y después de la desilusión inicial y sentirme en un aparte con la gente que me rodeaba, mis rodillas empezaron a doler, y el cansancio se apoderó de mi, y ya no podía hacer sufrir más a mi amigo que de favor me acompañaba. Nos retiramos.
Y al final siempre acabo igual. Contando la misma historia, el mismo problema, el mismo agobio y las mismas palabras que escuchan mis amigos de mis asuntos. Todos acaban igual. Y yo, al escucharme, me doy cuenta de la imagen lamentable que doy, de lo patético de la situación y de mi existencia.
Esto tiene cambiar. Tiene que haber una forma de cambiar esta dinámica. Tiene que haber una vía para romper esta ignorancia. Lo pasado no pudo haber sido en balde. Intentaré descansar, recuperar fuerzas e intentar avanzar contra el desconocimiento el siguiente fin de semana. Si no puedo ser feliz con cualquier cosa, entonces lo seré rompiendo esa pared a cabezazos.
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