En estos seis meses que van de 2015 han pasado muchas cosas, como en seis meses transcurridos en la vida de cualquiera. Sin embargo, destaco este medio año, e incluso los últimos meses de 2014, como la época más caótica y, siento decirlo, triste de mi vida. El trabajo, mi salud, mi vida personal y mi familia presentan algún aspecto importante del que preocuparme, dejándome al aire, sin sitio en el que refugiarme, sin algo limpio y cómodo sobre el que apoyar los demás problemas. Puede que unos sean más importantes que otros, y puede que algunos hayan presentado mejorías, pero ninguno se termina por solucionar.
Lo peor de todo es que soy incapaz de preocuparme lo suficiente por la mayoría de estos problemas. Debería estar focalizado en resolver los problemas con mi madre, meter un hachazo en esos oscuros asuntos económicos que acaban por sangrar mis ahorros sin explicación aparente, buscar una explicación que justifique el que una madre no tenga escrúpulos en abusar de pedir a un hijo. Debería centrarme en esa tesis que no se acaba, ese trabajo eterno que no hace más que producirme indiferencia y que no deja de alargarse mientras las condiciones laborales se dificultan año tras año. Debería preocuparme por saber qué es lo que quiero hacer con mi vida profesional, si aspirar a ascender en este gremio o simplemente dejarme llevar por la rutina, sobrevivir sin rumbo y sin interés y admitir el fracaso en buscar la satisfacción personal con lo profesional. Debería preocuparme por saber si algún día volveré a correr sin que me duela el pié, si podré echar un sprint sin estar pendiente del punzante aviso de la enfermedad. Debería preocuparme porque el tiempo pasa, y ninguno de estos problemas se soluciona, todas estar preocupaciones empiezan a tener una plaza fija en mi mente, un lugar acomodado del que no salen, sobre el que el efecto del tiempo no ejerce su función curativa.
Esa incapacidad de preocupación se debe a mi inutilidad, a mi egoísmo, por estar únicamente pensando en el ámbito estrictamente personal. Amoroso, siendo claros. Soy tan inmensamente imbécil, que mi mente se inunda de desesperación y se ahoga con la culpa y el pasado, sin ver más allá de las otras cosas de la vida. El hecho de que todo haya ido a peor en el último medio año no ha ayudado a sobrellevar antiguos fantasmas, ni mejorar mi actual relación, que durante este año ha pasado por la mayor crisis en dos años y medio que todavía me pregunto como no ha acabo por la separación. Ahora, tras una necesaria calma tras la tempestad, sigue navegando, pero el pasado sigue ahí, y no hace tanto que zarandeó mi vida y la dejó tambaleándose.
He escrito demasiado en este blog últimamente sobre el tema. Esto sólo es para mí, escribo para desahogar mi tormento, excluyendo cualquier identificación, sin buscar ningún tipo de visitas, pero sin embargo, como las contradicciones que todos tenemos, se me hace presente que me repito en la temática. Pero es que esa es la cruz de mi vida, y no otra, el amor. De qué voy a hablar si no. Y es que ha sido en los últimos seis meses cuando he retomado esta necesidad de escribir, después de cuatro años. Porque después de cuatro años, parece que no he aprendido nada, y los problemas, siendo los mismos siempre, complican una vida cada vez más enrevesada. Como decía, mi vida se zarandeó hace seis meses por el resurgir de una pasión que creía abandonada y superada hace mucho tiempo. Y la duda, la inevitable y crítica duda, de lo que pudo ser, me nubla todo el pensamiento. Y ya lo había asentado, lo había empezado a aparcar, y esperaba que el tiempo hiciera su efecto, ese dios, a veces justo otras injusto, que termina por poner siempre todo en su sitio. Aunque estos dos días no estoy tan desquiciado como lo estuve hace un mes, o como a principios de año, sí que llevo otra vez un par de días con el pensamiento turbándome las horas.
Todo ha sido por contarlo, por haber sido descubierto. En parte por mi culpa claro. No tenía pensado para nada hacerle saber la historia a ninguno de nuestros amigos comunes, pero al final he sido descubierto. Es difícil saber hasta donde llegará la filtración, pero puestos a contar, le conté a mi amiga la historia completa. Sus ojos de asombro eran un poema. En realidad, la opinión de alguien que nos conoce a los dos es la más correcta, creo yo. Y asusta ver como opina igual que muchos de mis amigos. No todo está claro en esa historia, hay algo que se siente que está siendo rechazado, aplastado por la rutina y la buena vida, y el cariño diario que recibe cada día al levantarse por la mañana. Eso es muy difícil de rechazar, aunque parezca mentira, la estabilidad da felicidad, y no se tira abajo por algo que se pueda sentir por otra persona, aunque eso exista. Eso lo tengo presente, no se como me sentiría yo si mi relación (siempre en la distancia) gozara de la estable rutina del día a día. Eso lo entiendo, y entiendo su actitud defensiva al hablar conmigo aquel día, y su rechazo a lo imposible. Tampoco se lo planteé, no soy tan estúpido. Acepto que la duda no le pese. Sé que es imposible. Pero eso no quita la duda de mi mente. Contarle todo a mi amiga ha traído otra vez todo al frente, y me sirve para darme cuenta de que al efecto del tiempo le está costando hacer su labor.