martes, 23 de junio de 2015

El efecto del tiempo

En estos seis meses que van de 2015 han pasado muchas cosas, como en seis meses transcurridos en la vida de cualquiera. Sin embargo, destaco este medio año, e incluso los últimos meses de 2014, como la época más caótica y, siento decirlo, triste de mi vida. El trabajo, mi salud, mi vida personal y mi familia presentan algún aspecto importante del que preocuparme, dejándome al aire, sin sitio en el que refugiarme, sin algo limpio y cómodo sobre el que apoyar los demás problemas. Puede que unos sean más importantes que otros, y puede que algunos hayan presentado mejorías, pero ninguno se termina por solucionar.

Lo peor de todo es que soy incapaz de preocuparme lo suficiente por la mayoría de estos problemas. Debería estar focalizado en resolver los problemas con mi madre, meter un hachazo en esos oscuros asuntos económicos que acaban por sangrar mis ahorros sin explicación aparente, buscar una explicación que justifique el que una madre no tenga escrúpulos en abusar de pedir a un hijo. Debería centrarme en esa tesis que no se acaba, ese trabajo eterno que no hace más que producirme indiferencia y que no deja de alargarse mientras las condiciones laborales se dificultan año tras año. Debería preocuparme por saber qué es lo que quiero hacer con mi vida profesional, si aspirar a ascender en este gremio o simplemente dejarme llevar por la rutina, sobrevivir sin rumbo y sin interés y admitir el fracaso en buscar la satisfacción personal con lo profesional. Debería preocuparme por saber si algún día volveré a correr sin que me duela el pié, si podré echar un sprint sin estar pendiente del punzante aviso de la enfermedad. Debería preocuparme porque el tiempo pasa, y ninguno de estos problemas se soluciona, todas estar preocupaciones empiezan a tener una plaza fija en mi mente, un lugar acomodado del que no salen, sobre el que el efecto del tiempo no ejerce su función curativa.

Esa incapacidad de preocupación se debe a mi inutilidad, a mi egoísmo, por estar únicamente pensando en el ámbito estrictamente personal. Amoroso, siendo claros. Soy tan inmensamente imbécil, que mi mente se inunda de desesperación y se ahoga con la culpa y el pasado, sin ver más allá de las otras cosas de la vida. El hecho de que todo haya ido a peor en el último medio año no ha ayudado a sobrellevar antiguos fantasmas, ni mejorar mi actual relación, que durante este año ha pasado por la mayor crisis en dos años y medio que todavía me pregunto como no ha acabo por la separación. Ahora, tras una necesaria calma tras la tempestad, sigue navegando, pero el pasado sigue ahí, y no hace tanto que zarandeó mi vida y la dejó tambaleándose.

He escrito demasiado en este blog últimamente sobre el tema. Esto sólo es para mí, escribo para desahogar mi tormento, excluyendo cualquier identificación, sin buscar ningún tipo de visitas, pero sin embargo, como las contradicciones que todos tenemos, se me hace presente que me repito en la temática. Pero es que esa es la cruz de mi vida, y no otra, el amor. De qué voy a hablar si no. Y es que ha sido en los últimos seis meses cuando he retomado esta necesidad de escribir, después de cuatro años. Porque después de cuatro años, parece que no he aprendido nada, y los problemas, siendo los mismos siempre, complican una vida cada vez más enrevesada. Como decía, mi vida se zarandeó hace seis meses por el resurgir de una pasión que creía abandonada y superada hace mucho tiempo. Y la duda, la inevitable y crítica duda, de lo que pudo ser, me nubla todo el pensamiento. Y ya lo había asentado, lo había empezado a aparcar, y esperaba que el tiempo hiciera su  efecto, ese dios, a veces justo otras injusto, que termina por poner siempre todo en su sitio. Aunque estos dos días no estoy tan desquiciado como lo estuve hace un mes, o como a principios de año, sí que llevo otra vez un par de días con el pensamiento turbándome las horas.

Todo ha sido por contarlo, por haber sido descubierto. En parte por mi culpa claro. No tenía pensado para nada hacerle saber la historia a ninguno de nuestros amigos comunes, pero al final he sido descubierto. Es difícil saber hasta donde llegará la filtración, pero puestos a contar, le conté a mi amiga la historia completa. Sus ojos de asombro eran un poema. En realidad, la opinión de alguien que nos conoce a los dos es la más correcta, creo yo. Y asusta ver como opina igual que muchos de mis amigos. No todo está claro en esa historia, hay algo que se siente que está siendo rechazado, aplastado por la rutina y la buena vida, y el cariño diario que recibe cada día al levantarse por la mañana. Eso es muy difícil de rechazar, aunque parezca mentira, la estabilidad da felicidad, y no se tira abajo por algo que se pueda sentir por otra persona, aunque eso exista. Eso lo tengo presente, no se como me sentiría yo si mi relación (siempre en la distancia) gozara de la estable rutina del día a día. Eso lo entiendo, y entiendo su actitud defensiva al hablar conmigo aquel día, y su rechazo a lo imposible. Tampoco se lo planteé, no soy tan estúpido. Acepto que la duda no le pese. Sé que es imposible. Pero eso no quita la duda de mi mente. Contarle todo a mi amiga ha traído otra vez todo al frente, y me sirve para darme cuenta de que al efecto del tiempo le está costando hacer su labor.

jueves, 21 de mayo de 2015

Dejar Madrid

Dejar Madrid. Una opción que parecía remota hace no mucho tiempo. Ahora, estrangulado por la necesidad de mantener viva una relación la posibilidad se plantea cada vez más. A esto hay que sumarle el hecho de que cada vez la soledad es mayor en Madrid. Amo esta ciudad, pero lo cierto es que cada vez estoy aquí más solo. Mis amigos poco a poco abandonan la ciudad llevados a otros sitios por los devenires de la vida. Los que quedamos, cada vez somos menos, y cada uno empieza a hacer su vida. Y yo, viviendo solo, cada vez me siento más alejado de todo. Si sigo aquí, en un futuro a corto plazo tengo que buscarme alguien con quien vivir si me quedo, ya sea mi novia actual o nuevos compañeros de piso.

Pero la cuestión es que dejar la ciudad puede ser también una posibilidad. En épocas anteriores lo había pensado, hasta planeado, por falta de trabajo, pero la suerte iluminó mi camino laboral, y terminé quedándome, afortunadamente. Pero lo que nunca me había planteado es tener que dejar la cuidad por una relación. Siempre pensé que hacer algo por amor sería fácil, que no cabría la duda, que por mucho que costara, la decisión estaría clara. Pero no es así, al final hay mucho más que eso, hay demasiados aspectos de tu vida que se ven afectados, en ambas partes. Y digo en ambas partes porque sé que a ella también le afecta en otros aspectos de su vida, e irse de Pontevedra, o al menos de Galicia, no le hace gracia para nada.

Pero pensando en mi caso, en Madrid, pensando en profundidad en lo que me ata aquí, todo es mucho más profundo y simple al mismo tiempo. Llevo 10 años aquí, por lo que tengo un pasado imborrable que de por sí me ancla. Adoro la ciudad, me dan igual sus múltiples defectos, y a pesar de lo ya dicho, quiero a los amigos que aquí tengo. Evidentemente, todos tenemos que seguir adelante, y esas razones no bastan, porque al final el camino sólo tiene una dirección.

Pero últimamente, con todo lo que está pasando en mi mente, con todo lo que siento por dentro, me da la impresión de que si hay algo que me ata a Madrid es algo muy muy diferente. En el fondo, lo que me da miedo es alejarme de ella, dejarla atrás, renunciar a ella finalmente. Quizá el resultado de todo esto sería lo mejor. No complicar las cosas, dejarla seguir su vida con un hombre bueno, con el que es feliz. Eso sería lo lógico, y lo mejor. Pero entonces, por qué sigo con la misma sensación de angustia. Estoy harto de esa sensación, de sentirme perdedor, de salir con el rabo entre las piernas, de sentir que lo mejor de mi vida se escapa entre mis manos. 

Cuando pienso en irme de Madrid, en realidad estoy pensando en dejarla a ella. Cuando pienso en Madrid, pienso en ella, porque para mí, a día de hoy, ella es Madrid para mi. Y se que debería superar ese remordimiento, ese resquemor, pero, a pesar de saber que es imposible, hay un impulso suicida en mí a decirle todo lo que me hubiera gustado que fuera y no es, contarle como hubiera sido un mundo en el que actualmente fuera feliz. Decirle, que me hubiera casado con ella, que me gustaría tener hijos con ella, o adoptarlos si no pudiéramos, o no tenerlos si no puede ser, pero decirle que pasaría el resto de mi vida con ella, y que daría igual si llegara un momento en el que me viera solo, porque después siempre tendría el recuerdo de haber sido feliz con ella.

miércoles, 20 de mayo de 2015

La vida resuelta

Segunda vez en esta semana que escribo. No es buena señal. Para nada. Normalmente los desahogos me dan aire durante un tiempo, al menos unos días, y luego continúo, bien o mal, sin necesidad de más autoterapia. Estaba bien, la verdad es que sí. Llevaba un par de meses con otra alegría, con un espíritu más positivo. No sé qué me ha pasado desde el Domingo. Ayer, después de contarle todo a mi amigo Fernando, una de esas personas imprescindibles en tu vida, me quedé aliviado. Sin embargo, después de toda la reflexión, aquí estoy imaginándome situaciones imposibles, mil y una maneras de como mandar todo a la basura y decirle que sólo quiero estar con ella.

Hoy es su cumpleaños. Supongo que será eso. Últimamente, cada vez que la veo se me viene todo encima otra vez. La cuestión es que se cambia de piso, a una zona algo más alejada, con su novio claro, con el que ya vivía. Y quién lea esta mierda se puede imaginar mi drama mental. Es muy difícil olvidar algo genial, cuando tu propia relación sólo es genial los pocos días que ves a tu pareja. Es muy difícil olvidar cuando vives solo, la mujer que debería acompañarte vive a 600 km y tu pasado instigador vive a dos calles (ahora serán unas paradas de metro). 

Lo peor de todo es que ella no tiene mi mismo problema. Es evidente. Vives y te levantas con tu pareja, con la que mantienes una relación idílica a ojos de cualquiera, lo que hace fácil seguir adelante. Mi situación es completamente opuesta, porque si miro adelante todo es gris en una relación cuyo futuro depende de lo que ocurra en los próximos meses, de las casualidades, de decisiones vitales, de ese tipo de cosas que no se pueden controlar. Y mientras el estrés y la tensión duermen escondido en mi relación, yo sólo miro al pasado, y la miro a ella, y nos recuerdo a nosotros en aquellos días que pudo ser y lo dejamos escapar, en ese beso reciente que me ha empujado a escribir aquí tres años después. Entonces llega la culpa, la agonía de saber que tomaste una mala decisión hace tiempo, de que querías a una persona y la dejaste escapar, de que no era sólo amistad, de que no sólo era cariño, de que había algo más, y los dos en el fondo lo sabíais y lo dejasteis correr por ser legales, por ser buenas personas, por no traicionar su relación que acababa de comenzar no hacía mucho.

Y durante dos años, todo fue bien. Disfrute de mi novia, la quise, la amé, y los pocos días que estoy con ella creo que todavía lo hago, la disfruto y me alivia el corazón. Pero hace seis meses me cayó un rayo encima, y me fulminó. Me está quemando por dentro, y lo peor de todo es que me estoy dando cuenta de que hablar ya no me reconforta, escribir ya no es tan balsámico como solía, y el tiempo tarda cada vez más en curarme las heridas. Una amiga común le ha dicho hoy a ella que tiene la vida resuelta, y esa idea me tortura todavía más, verla escaparse de mi vida cada vez más. Lo peor es que cada vez me cuesta más disimular. Sé que tengo que olvidarme, sé que tengo que dejar que el tiempo haga su trabajo, y seguir adelante yo también... pero a veces, cuando estoy solo en la oscuridad, en la inmensidad de mi soledad, donde sólo yo pongo los límites, ella invade mis pensamientos.

lunes, 18 de mayo de 2015

Ojos verdes

Puede desaparecer de mi mente durante un tiempo, pueden pasar días en los que su presencia en mis pensamientos es mínima, disfrutar de otras cosas que agradezco tener a mi alrededor y seguir adelante, el único camino posible a ninguna parte. Y parece que todo está bien. Parece que todo encaja, que todo vuelve a su sitio y la mínima felicidad que disfrutaba vuelve a brotar otra vez desde la pequeña semilla. 

Pero sigue ahí. Consciente o inconscientemente llevo meses buscándola en mi memoria, recorriendo otra vez su piel en aquellas noches de vino y rosas. A veces la miro y no puedo evitar quedarme perdido ante sus ojos verdes, intentando buscar aquel pacífico lugar donde una vez me sentí libre y feliz, donde el silencio era reconfortante, el miedo se evaporaba y conseguía por unos segundos esa paz que siempre falta a mi alrededor. Hace seis meses mi mundo se revolvió al besarla, al volver por unos segundos a ese mundo paradisíaco, a esos labios que por sorpresa me dieron la bienvenida. 

Tanto me he equivocado en mi vida. Tanto, que ni siquiera hablando con ella pudimos llegar a ser del todo sinceros, o así yo lo veo. Remover el pasado a veces cuesta, la rabia fluye, los motivos ya no los recuerdas, y lo único que sientes es la frustración de ahora. No era una situación fácil en el pasado. Realmente, hicimos lo correcto, lo leal, lo íntegro, lo respetable. Rozamos los límites en aquellos días, y lo cortamos por lealtad, por seriedad, por respeto. Ella vive hoy una relación tranquila, con un hombre tranquilo. Yo una relación en la tumultuosa distancia, con una mujer tranquila. Las dudas las tengo yo, claro. Vivir sólo y con una relación a distancia no es un camino fácil. Pero después de años, hace seis meses, yo inicié el gesto, pero nos besamos los dos... los dos. La tensión sexual no desaparece en pareja, eso se sabe, pero hay cosas que pasan más allá de la tensión, más allá de todo. Pasan porque pasan, o porque tienen que pasar...

Odio creer en lo imposible, depositar esperanzas en lo improbable, creer que se puede viajar al pasado... pero a veces, cuando estoy sólo en la oscuridad, te echo de menos, y pienso en tus ojos verdes, en ese lugar lleno de paz donde mis pensamientos todavía se paralizan a veces.